Incontinecia urinaria

La incontinencia urinaria se define como la pérdida involuntaria de orina. Hay varios tipos, y la forma de presentación es variable. Pero para la gran mayoría de los que la sufren, la incontinencia supone un gran problema social e higiénico.

Un anciano con hipertrofia de próstata que tiene que llegar corriendo al aseo. La mamá que tuvo un parto complicado y ahora tiene incontinencia. Un niño de 8 años que no controla bien el pis por las noches. La deportista joven que necesita protectores cada vez que sale a correr. El ingeniero que debe trabajar en casa porque tiene pérdidas de orina desde la prostatectomía. El chico con lesión medular que no consigue encontrar la pauta correcta para vaciar bien su vejiga.

Cada una de las personas mencionadas tiene incontinencia por un motivo distinto. Pero todas ellas sufren un problema, que aunque no supone un riesgo vital, sí deteriora, en mayor o menor medida, su calidad de vida.

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Al menos 1 de cada 5 mujeres menores de 35 años padece incontinencia urinaria. Y a partir de los 65 lo sufre hasta el 50% de la población femenina. Es una enfermedad muy frecuente, pero poco diagnosticada. Uno de los motivos, es que muchos pacientes lo ocultan por considerarlo un tema tabú. Otras personas no consultan porque lo consideran algo normal, como un efecto del envejecimiento o la secuela esperable tras el embarazo.

Pero no es así. La tanto la incontinencia urinaria común como la incontinencia urinaria de esfuerzo son una enfermedad. Y como tal, debe ser diagnosticada y tratada con los medios disponibles. Una de las primeras opciones en todos los tipos de incontinencia es la rehabilitación de suelo pélvico, que afortunadamente ofrece unos excelentes resultados.

Prolapso

El término prolapso hace referencia a la alteración de la posición adecuada de las vísceras pélvicas (vejiga, vagina, útero, recto), de forma que éstos “asoman”, en mayor o menor medida, por la vagina.

En la aparición de casi todos los casos de prolapso confluyen dos factores: una presión inadecuada, y un suelo pélvico débil o dañado.

La presión inadecuada puede serlo por excesiva, por repetitiva o por mal dirigida. El primer caso podría ser una mujer que trabaje como reponedora en un almacén levantando objetos muy pesados. Esfuerzos repetitivos son los que realiza una mujer que practique con regularidad deportes que impliquen saltos reiterados. Y una presión mal dirigida puede ser la realizada a diario al hacer deposición cuando la postura o los pujos no son adecuados.

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El daño del suelo pélvico suele deberse a lesiones producidas durante el parto, este suele ser el caso del prolapso uterino (desgarros o episiotomías). O puede estar relacionado con la debilidad de la musculatura provocada por la obesidad (por distensión de los tejidos); con causas neurológicas (que hacen que el músculo no funcione con normalidad); o con el debilitamiento de los tejidos en relación con la edad, ya sean casos como el de vejiga caída o prolapso de vejiga.

Cuando coexisten estos dos factores, los órganos pélvicos que hemos mencionado no se pueden mantener en su posición adecuada. Y el resultado es que descienden por la zona donde no hay tejido de sostén, que es la vagina (por tratarse del orificio más grande del suelo pélvico), entonces es cuando se produce este prolapso de órganos pélvicos.

Los prolapsos leves y moderados responden de forma muy satisfactoria al tratamiento rehabilitador. Y en los grados más avanzados de prolapso, en los que se requiere un tratamiento quirúrgico, es muy útil realizar una reeducación previa a la intervención. Que ayudará a que la recuperación de postoperatorio del suelo pélvico sea óptima.

Dolor pélvico

El dolor pélvico, aunque es muy prevalente, es una patología que con frecuencia se diagnostica mal y tarde.

En la mayoría de los casos, al iniciarse un cuadro doloroso en alguna zona de la pelvis, éste se atribuye a procesos como cistitis, uretritis, endometriosis o prostatitis. Que deberían responder de forma adecuada a los tratamientos aplicados: farmacológicos, técnicas mínimamente invasivas o intervenciones quirúrgicas.

Pero cuando el origen del problema no son estos procesos que hemos mencionado, el dolor no sólo persiste, sino que empeora. Suele ser más intenso, se hace constante y cambia sus características (puede ser un dolor “quemante”, “punzante”…). Convirtiéndose en “El problema” alrededor del cual gira la vida del paciente.

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Cuando este dolor durante más de 6 meses hablamos de “dolor pélvico crónico”. Y es en esta fase cuando los pacientes suelen ser remitidos a las consultas de Rehabilitación.

Tras un peregrinaje por distintos especialistas que no han podido dar una solución a su problema. En muchas ocasiones su dolor llega a ser cuestionado por aquellos que no son capaces de encontrar la causa de su dolor. Todo esto contribuye a que los pacientes suelan asociar además, estados de ansiedad o depresión, que alteran su vida personal, familiar, laboral y social. Y hacen el dolor de pelvis aún más difícil de tratar. Cuando el dolor pélvico se convierte en crónico, merma en gran medida la calidad de vida de quienes lo sufren.

En estos casos el paciente debe ponerse en manos de un equipo multidisciplinar especializado, con frecuencia encabezado por el médico rehabilitador, que permita abordar el problema desde distintas perspectivas.

Postoperatorio

Cualquier intervención quirúrgica que afecte al suelo pélvico o a las estructuras de sostén de los órganos pélvicos, puede afectar a las funciones propias del suelo pélvico (continencia, sexualidad) o a la estática de los órganos alojados en la pelvis. Por este motivo, es muy importante realizar en el postoperatorio de suelo pélvico (de cualquiera de estas cirugías) un programa de rehabilitación precoz e integral.

En la actualidad, es difícil concebir una cirugía de hombro sin un tratamiento rehabilitador posterior. Dirigido a revertir lo antes posible las secuelas que dicha cirugía tiene sobre los tejidos afectados, y a reeducar al paciente para conseguir una movilidad y equilibrio muscular adecuados.

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Igual de necesario es hacer rehabilitación en el postoperatorio de cirugías que afectan de forma directa o indirecta al suelo pélvico. Se acortará el tiempo de recuperación y mejorará el resultado de la intervención. Permitirá volver antes a las actividades cotidianas, laborales, deportivas, sociales; y sobre todo, permitirá hacerlo de forma más segura.

Algunas de las cirugías que más se benefician de rehabilitación en el postoperatorio pélvico son: la histerectomía (extirpación del útero), las cirugías de incontinencia urinaria o fecal, las cirugías de prolapso y la prostatectomía (resección de tejido prostático).

Algunas complicaciones comunes a estas intervenciones son el estreñimiento, la incontinencia urinaria o fecal, el dolor durante las relaciones sexuales y otros dolores pélvicos. La rehabilitación precoz permite abordar estos problemas desde el inicio, permitiendo disminuir los síntomas (incontinencia) o evitar su cronificación (dolor pélvico).

Incontinencia fecal

Sufrir incontinencia fecal es un problema médico igual que lo es padecer hipertensión arterial o diabetes mellitus. Y aunque en la mayor parte de los casos no pone en riesgo la vida del paciente, sí que suele tener una severa repercusión en la vida social de quienes lo padecen.

Las causas son muy variadas. La mayor parte de los casos está relacionada con las lesiones del esfínter anal (o sus nervios correspondientes) durante partos complicados, cirugías de suelo pélvico o tras la aplicación de radioterapia.

Otras veces la incontinencia fecal se debe a la consistencia líquida de las heces, que se hacen difíciles de retener; estos casos de diarrea son habituales en enfermedades como la colitis ulcerosa, la enfermedad de Crohn o el síndrome de intestino irritable.

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A veces el origen del problema es un estreñimiento pertinaz, que provoca la acumulación de heces en el recto (impactación fecal) que además de distender y debilitar los músculos, hace que se produzcan escapes por rebosamiento de heces más líquidas que llegan tras la impactación fecal.

En otras ocasiones se asocia a enfermedades neurológicas (“intestino neurógeno”), por la pérdida del control nervioso o por afectación cognitiva que impide una regulación consciente. En un porcentaje de los casos no se llega a identificar la causa.

A pesar de esta severa repercusión, la parte positiva es que la mayoría de los pacientes que sufren de este tipo de incontinencia fecal, mejoran sus síntomas, o se curan, con el tratamiento adecuado. Según la causa que la provoque, existen diversas modalidades terapéuticas: cambios en el estilo de vida y en la dieta, reeducación de suelo pélvico, fármacos o tratamientos invasivos.

Vejiga neurogénica e intestino neurógeno

La función normal de la vejiga es almacenar y eliminar la orina. De forma simplificada, podemos entender el funcionamiento vesical de la siguiente manera: la vejiga se va llenando gracias a que su musculatura (detrusor) permanece relajada la mayor parte del tiempo, a la vez que su esfínter (la salida) permanece cerrado. Cuando hacemos pis, la situación se invierte, y mientras el músculo que servía para almacenar, ahora se contrae, el esfínter se relaja (y se abre).

Esto funciona así gracias al control ejercido por el sistema nervioso, que coordina la relajación y la contracción de cada músculo en todo momento. Cuando hablamos de“vejiga neurogénica”nos referimos a que su funcionamiento está alterado debido a un fallo en esta coordinación.

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Los síntomas son variables, en función de la localización del daño neurológico. Por lo que es importante realizar un estudio exhaustivo en pacientes con vejiga neurogénica para determinar su causa, el pronóstico y sobre todo, para ofrecer los mejores tratamientos individualizados.

Las lesiones del sistema nervioso suelen afectar también al funcionamiento intestinal, dando lugar a lo que conocemos como “intestino neurógeno”. Que puede cursar con estreñimiento o incontinencia fecal según el tipo de daño neurológico.

El intestino neurógeno, además de un problema de salud constituye un importante problema social que puede mermar en gran medida la calidad de vida del paciente. Un buen manejo de este problema, permite reducir la severidad de los síntomas y disminuir la incidencia de complicaciones.

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